La reflexión del obispo Eduardo García.
Jesús rompe también con cualquier privilegio. En la mesa del Reino habrá hombres y mujeres llegados de todos los pueblos. Nadie queda afuera por su origen, su raza o su historia. Y nadie tiene asegurado un lugar simplemente por sentirse parte del pueblo de Dios.
Por eso esta Palabra también cuestiona nuestras seguridades religiosas. Podemos pertenecer a la Iglesia, celebrar la Eucaristía, escuchar la Palabra y conocer muy bien las cosas de Dios, y sin embargo mantener el corazón lejos del Evangelio.
La puerta estrecha no es la puerta de una religión complicada ni de un Dios que quiere dificultarnos la entrada. Es la puerta de las Bienaventuranzas, de la justicia, de la misericordia, del perdón, del servicio y del amor concreto. Es estrecha porque por ella no pasan nuestro egoísmo, nuestra indiferencia, nuestros privilegios ni nuestra comodidad.
Quizás el peligro más grande no sea estar lejos, sino creernos cerca sin habernos dejado transformar.
Por eso Jesús devuelve la pregunta hacia nosotros: no tanto “¿quiénes se salvarán?”, sino “¿qué está haciendo el Evangelio con mi vida?”


