LA LITURGIA ES EL PUNTO DE LLEGADA, HACIA DONDE TIENDE LA EVANGELIZACIÓN

4º PREDICACIÓN DE CUARESMA
P. Raniero Cantalamessa
Predicador de la Casa Pontificia
24 de marzo de 2023

Después de las reflexiones sobre la evangelización y la teología, hoy quisiera ofrecer otras sobre la liturgia y el culto de la Iglesia, siempre con la intención de hacer una contribución, aunque sea modesta e indirecta, a los trabajos del sínodo. La liturgia es el punto de llegada, hacia donde tiende la evangelización. En la parábola evangélica, los sirvientes son enviados a las calles y cruces de caminos para invitar a todos al banquete. La Iglesia es el salón del banquete y la Eucaristía “la comida del Señor” (1 Cor 11,20) preparada en ella.

En nuestras reflexiones, partamos de una palabra de la Carta a los Hebreos. Para acercarse a Dios –en ella se dice-, es necesario ante todo “creer que Él existe” (Hb 11, 6). Sin embargo, incluso antes de creer que Dios existe (lo que significa haberse ya acercado), es necesario tener al menos el “indicio” y un cierto sentimiento de su existencia. Esto es lo que llamamos el sentido de lo sagrado y que un célebre autor llama “lo numinoso”, calificándolo como “misterio tremendo y fascinante” .

San Agustín anticipó sorprendentemente este descubrimiento de la moderna Fenomenología de la religión. Dirigiéndose a Dios, en las Confesiones, dice: “Cuando te encontré por primera vez…, temblé de amor y de horror: contremui amore et horror” . Y otra vez: “Tiemblo y ardo” (et inhorresco et inardesco): tiemblo por la disimilitud, ardo por la semejanza” .

Si faltara por completo el sentido de lo sagrado, faltaría el suelo mismo, o el clima, en el que florece el acto de fe. Charles Péguy escribió que “la espantosa escasez e indigencia de lo sagrado es la marca profunda del mundo moderno”. Si el sentido de lo sagrado ha caído, sin embargo, ha quedado su añoranza que alguien ha definido, secularmente, “nostalgia del Totalmente Otro” (Max Horkheimer).

Los jóvenes, sobre todo, sienten esta necesidad de ser transportados lejos de la banalidad de la vida cotidiana, de escapar, y han inventado sus propias formas de satisfacer esta necesidad. Los psicólogos de masas han observado que los jóvenes que asistieron a famosos conciertos de rock, como los de los Beatles, de Elvis Presley o el Festival de Woodstock de 1969, eran transportados fuera de su mundo cotidiano y proyectados a una dimensión que les dio la impresión de algo trascendente y sagrado.

Lo mismo ocurre con quienes participan hoy en los mega encuentros de otros cantantes. El hecho de ser muchos y de vibrar al unísono con una masa amplifica infinitamente la emoción del individuo. Se tiene la sensación de ser parte de una realidad distinta, superior, lo que da lugar a una especie de “devoción”. El término “fan” (abreviatura, como sabemos, de fanático) es el equivalente secularizado de “devoto”. La calificación de “ídolos” que se da a sus favoritos tiene una profunda correspondencia con la realidad.

Estas reuniones masivas pueden tener su valor artístico y, a veces, transmitir mensajes nobles y positivos, como la paz y el amor. Son “liturgias”, en el sentido original y profano del término, es decir, espectáculos ofrecidos al público, por deber o para obtener su favor. Sin embargo, nada tienen que ver con la auténtica experiencia de lo sagrado. En el título “Liturgia divina”, se añadió el adjetivo divina precisamente para distinguirla de las liturgias humanas. Hay una diferencia cualitativa entre las dos.

Tratemos de ver a través de qué medios la Iglesia puede ser, para los hombres de hoy, el lugar privilegiado de una verdadera experiencia de Dios y de lo trascendente. La primera ocasión que viene a la mente, también por la similitud externa, son las grandes reuniones promovidas por las diversas Iglesias cristianas. Pensemos, por ejemplo, en las Jornadas mundiales de la juventud, y en los innumerables eventos – congresos, convenciones y convocatorias – en los que participan decenas (a veces centenas) de miles de personas en todo el mundo. No se puede contar el número de personas para quienes estos acontecimientos fueron ocasión de una fuerte experiencia de Dios y el comienzo de una relación nueva y personal con Cristo.

Lo que marca la diferencia entre este tipo de encuentros masivos y los descritos anteriormente es que el protagonista aquí no es una personalidad humana, sino Dios. El sentido de lo sagrado que se experimenta en ellos es el único verdaderamente genuino, y no sustituto, porque es causado por el Santo de los Santos, y no por un “ídolo”.

Sin embargo, estos son eventos extraordinarios, en los que no todos y no siempre pueden participar. La ocasión por excelencia y más común, para una experiencia de lo sagrado en la Iglesia, es la liturgia. La liturgia católica se ha transformado, en poco tiempo, de una acción con una fuerte impronta sagrada y sacerdotal, a una acción más comunitaria y participativa, donde todo el pueblo de Dios tiene su parte, cada uno con su propio ministerio.

Querría decir cómo veo y explico a mi mismo este cambio. No es, en absoluto, para erigirme en juez del pasado, sino para comprender mejor el presente. El presente en la Iglesia nunca es una negación del pasado, sino su enriquecimiento; o, como en este caso, la superación del pasado reciente para recuperar el más antiguo y original.

En la evolución de la Iglesia entendida como pueblo sucede algo similar a lo que ocurre con la iglesia entendida como edificio. Pensemos en algunas basílicas y catedrales famosas: ¡cuántas transformaciones arquitectónicas a lo largo de los siglos para responder a las necesidades y gustos de cada época! Pero siempre es la misma Iglesia, dedicada al mismo santo. Si hay una tendencia general en acto en la era moderna, es restaurar estos edificios, cuando sea posible y merezca la pena, a su estructura y estilo originales. La misma tendencia se está dando para la Iglesia como pueblo de Dios y en particular para su liturgia. El Concilio Vaticano II fue un momento decisivo, pero no el comienzo absoluto. Ha recogido los frutos de mucho trabajo anterior.

No hace falta ahondar aquí en la historia de la liturgia; otros lo han hecho y precisamente desde el punto de vista que nos interesa . Sólo quisiera destacar la evolución que concierne al sentido de lo sagrado. Al comienzo de la Iglesia y durante los tres primeros siglos, la liturgia era verdaderamente una “liturgia”, es decir, la acción del pueblo (laos, pueblo, es uno de los componentes etimológicos de leitourgia). De san Justino, de la Traditio Apostolica de san Hipólito y de otras fuentes de la época, obtenemos una visión de la Misa ciertamente más cercana a la reformada de hoy que a la de siglos atrás. ¿Qué pasó después de eso? La respuesta está en una palabra que no podemos evitar: ¡clericalización! En ninguna otra esfera esta ha actuado más fuertemente que en la liturgia.

El culto cristiano, y especialmente el sacrificio eucarístico, se transformó rápidamente, en Oriente y Occidente, de una acción del pueblo a una acción del clero. Durante siglos y siglos, la parte central de la Misa, el Canon, fue pronunciado en latín por el sacerdote en voz baja, detrás de una cortina o una pared (¡un templo dentro de un templo!), fuera de la vista y el oído del pueblo. El celebrante sólo levantaba la voz por las palabras finales del Canon: “Per omnia saecula saeculorum”, y el pueblo respondía “¡Amén!” a lo que no había oído y mucho menos entendido.

El único contacto con la Eucaristía, anunciado por el sonido de las campanas, era el momento de la elevación de la Hostia. Hay un evidente retorno a lo que ocurría en el culto del Antiguo Testamento, cuando el Sumo Sacerdote entraba en el Sancta sanctorum, con el incienso y la sangre de las víctimas, y el pueblo quedaba fuera temblando, abrumado por la sensación de majestad e inaccesibilidad de Dios.

El sentido de lo sagrado es muy fuerte aquí, pero, después de Cristo, ¿es el sentido justo y genuino? Esta es la pregunta crucial. En la Carta a los Hebreos leemos: “No os habéis acercado a una realidad sensible: fuego ardiente, oscuridad, tinieblas, huracán, sonido de trompeta y a un ruido de palabras. Tan terrible era el espectáculo, que el mismo Moisés dijo: Espantado estoy y temblando. Vosotros, en cambio, os habéis acercado… a Jesús, mediador de una nueva Alianza, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel” (Hb 12,18-24). Cristo ha penetrado más allá del velo y no ha cerrado el paso detrás de él (Hb 10,20).

Lo sagrado ha cambiado su forma de manifestarse: ya no como un misterio de majestad y poder, sino como una capacidad infinita de hacerse a un lado, de esconderse. Después de la consagración, el celebrante dice o canta: “¡Éste es el Sacramento de nuestra fe!”. Algunos de nosotros los ancianos recordaremos que una vez esta exclamación estaba insertada en medio de la fórmula de consagración del vino: “Hic est enim calix sanguinis mei, novi et aeterni testamenti -Mysterium fidei!- qui pro vobis et pro multis effundetur in remissionem minutorum”. ¡Como si la Iglesia se detuviera, a mitad de la historia, asombrada de lo que decía!

La reforma hizo bien en trasladar esta exclamación al final de la consagración, pero no debemos perder el sentido de asombro contenido en esa exclamación y sobre todo comprender cuál debe ser el verdadero motivo de nuestro asombro. Debe ser del mismo género que el que se lee en los poemas del Siervo de Yahvé:

“Se admirarán muchas naciones;
ante él cerrarán los reyes la boca,
pues lo que nunca se les contó verán,
y lo que nunca oyeron reconocerán” (Is 52, 15).

Asombro y temblor, sí, pero ¿frente a qué? ¡No a la majestad, sino a la humillación del Siervo! Uno que tuvo este sentimiento con mucha agudeza fue Francisco de Asís: “La humanidad tiemble -escribió en su carta a toda la Orden-, el universo entero tiemble y el cielo se regocije cuando sobre el altar, en manos del sacerdote, está el Cristo, hijo del Dios vivo”. Pero ¿temblando para qué? Escuchemos lo que sigue: “¡Oh sublime humildad! ¡Oh humilde sublimidad, que el Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, se humille tanto que se esconda, por nuestra salvación, bajo la más mínima apariencia de pan! ¡Mirad, hermanos, la humildad de Dios!”.

Sólo se trata ahora de no desperdiciar esta nueva posibilidad que ofrece la liturgia renovada con improvisaciones arbitrarias y bizarras, y de mantener la necesaria sobriedad y compostura aun cuando la Misa se celebre en situaciones y ambientes particulares.

La invitación que sigue inmediatamente a la consagración es siempre a recordar: “Unde et memores”, “recordando, pues…”. Es la respuesta al mandato de Jesús: “¡Haced esto en conmemoración mía!” Pero, ¿qué debemos recordar sobre todo de él? “Cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor” (1 Cor 11, 26).

Tratemos una vez de ir más allá de las palabras, o más bien de dar a las palabras un contenido existencial y no sólo ritual. Volvamos al momento en que Jesús las pronunció; tratemos –hasta donde nos lo permiten los relatos evangélicos– de captar en qué condiciones interiores salió de la boca del Redentor aquellas palabras: “¡Haced esto en conmemoración mía!”. El ve claramente en lo que se está metiendo. Habló de ello varias veces, pero como desde lejos. Ahora ha llegado el momento; ya no existe ni siquiera el intervalo de tiempo para mitigar la angustia. Las palabras: “Este es el cáliz de mi sangre” no dejan lugar a dudas. Es uno que va a morir y una muerte horrible. “Qui pridie quam pateretur”: el día antes de sufrir la pasión…

¿Y qué sucede a su alrededor? Los apóstoles encuentran la manera de volver a discutir sobre quién es el mayor (Lc 22, 24-27), como hermanos que se pelean por la herencia en torno al lecho de muerte de su padre. Uno de ellos, dentro de unas horas, lo venderá por 30 denarios: “In qua nocte tradebatur”: la noche en que fue traicionado. En estas condiciones instituye el sacramento con el que se compromete a permanecer con su familia hasta el fin del mundo. ¿Dónde encontrar un misterio más “tremendo y fascinante” que este? El día que el Señor nos permita, por un momento, echar una mirada al fondo de este abismo de amor y de dolor, creo que ya no podremos vivir como antes. Esto explica por qué san Pio de Pietrelcina parecía luchar en la Misa y no poder completar la consagración.

Pero ahora tenemos que completar nuestra revisión de la Misa. No está sólo el Canon con la consagración; también están la Liturgia de la Palabra y la Comunión. Tenemos a nuestra disposición algunos medios que no estaban disponibles en el pasado para realzar la Liturgia de la Palabra y hacerla también una ocasión para una experiencia de lo sagrado. Gracias a los progresos que la Iglesia ha hecho mientras tanto en muchos campos, tenemos un acceso más directo a la Palabra de Dios, que puede resonar con mayor riqueza e inteligencia que en el pasado.

La liturgia actual es muy rica en Palabra de Dios, sabiamente ordenada, según el orden de la historia de la salvación, en un marco de ritos a menudo devueltos a la linealidad y sencillez de los orígenes. Debemos valorar estos medios. Nada puede penetrar mejor en el corazón del hombre y hacerle sentir la trascendente realidad de Dios que una palabra viva de Dios, proclamada con fe y adhesión a la vida, durante la liturgia. La fe -dice san Pablo- nace de la escucha de la palabra de Cristo: Fides ex auditu (Rm 10, 17).

Muchas palabras de Jesús, quizás escuchadas un poco antes en el Evangelio del día, en el momento de la consagración vuelven a resonar en el corazón, como dichas de nuevo por su autor vivo y verdaderamente presente en el altar. Siempre recordaré el día que, después de haber comentado las palabras de Jesús en el Evangelio: “Hay más aquí que Jonás; hay más aquí que Salomón” (cf. Mt 12, 41-42), levantándome de la genuflexión después de la consagración, exclamé dentro de mí, convencido y lleno de asombro: “¡Ahora aquí hay más que Salomón!”.

Incluso la lectura del Antiguo Testamento, por su relación con el pasaje evangélico, libera significados nuevos e iluminadores. En el tránsito de la figura a la realidad, la mente – decía San Agustín – se enciende como “una antorcha en movimiento” . Como con los dos discípulos de Emaús, Jesús continúa explicándonos “lo que en todas las Escrituras se refiere a él” (cf. Lc 24,27).

Y luego, decía, la Comunión. ¿Cómo puede la liturgia hacer de este momento una ocasión para una experiencia de lo sagrado, no sólo a nivel individual, sino también a nivel comunitario? Yo diría, con el silencio. Hay dos clases de silencio: un silencio que podemos llamar ascético y un silencio místico. Un silencio con el que la criatura busca elevarse a Dios y un silencio provocado por Dios que se acerca a la criatura. El silencio que sigue a la Comunión es un silencio místico, como el observado en las teofanías del Antiguo Testamento. Después de la comunión tendríamos que repetir a nosotros mismos la palabra del profeta Sofonías (1,7): “¡Silencio en la presencia del Señor Dios!”. Nunca deben faltar algunos momentos, aunque sean breves, de absoluto silencio después de la Comunión.

La tradición católica ha sentido la necesidad de prolongar y dar más espacio a este momento de contacto personal con Cristo eucarístico y ha desarrollado a lo largo de los siglos, especialmente a partir del siglo XIII, el culto de la Eucaristía fuera de la Misa. No es un culto separado, desprendido e independiente del sacramento; es seguir “recordando” a Cristo: sus misterios y sus palabras; es una manera de “recibir” a Jesús cada vez más en nuestra vida. Una forma de interiorizar el misterio recibido. La adoración eucarística es el signo más claro de que la humildad y el ocultamiento de Cristo en la Eucaristía no nos hacen olvidar que estamos en presencia del “Santísimo”, de aquel que, con el Padre y el Espíritu Santo, creó el cielo y la tierra.

Donde esta adoración se practica – en parroquias, individuos y comunidades- sus frutos son visibles, incluso como momento de evangelización. Una iglesia llena de fieles en perfecto silencio, durante una hora de adoración frente al Santísimo Sacramento expuesto, haría que cualquiera que entrara, por casualidad, en ese momento dijera: “¡Aquí está Dios!”. Recuerdo el comentario de un no-católico, al final de una hora de adoración eucarística silenciosa, en una gran iglesia parroquial de los Estados Unidos, repleta de fieles: “¡Ahora entiendo – le dijo a un amigo – lo que queréis decir vosotros los católicos cuando habláis de «presencia real»!”

Si hay una razón por la que lamento el latín es que con su abandono están desapareciendo algunos cantos nacidos para estos momentos y que han servido a generaciones de creyentes de todas las lenguas para expresar su cálida devoción a Jesús de la Eucaristía: Adoro te devote, Ave verum, Panis angelicus. Esos sobreviven ahora casi exclusivamente gracias a la música que artistas famosos escribieron para ellos.

Nosotros, “ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios” (1 Cor 4, 1) y, de diversa manera, todos los fieles comprometidos en el culto de la Iglesia, podemos sentirnos aplastados e impotentes ante tan sublime tarea. Teníamos todas las razones para hacerlo. ¿Cómo podemos ayudar a las personas de hoy a tener una experiencia de lo sagrado y de lo sobrenatural en la liturgia, nosotros que experimentamos en nosotros mismos toda la pesadez de la carne y su refractariedad al espíritu? Aquí también la respuesta es siempre la misma: “¡Recibiréis fuerza del Espíritu Santo!” Él, que definimos como “el alma de la Iglesia”, es también el alma de su liturgia, la luz y la fuerza de los ritos.

Es un don que la reforma litúrgica del Vaticano II pusiera la epíclesis, es decir, la invocación del Espíritu Santo, en el corazón de la Misa: primero sobre el pan y el vino y luego sobre todo el cuerpo místico de la Iglesia. Tengo un gran respeto por la venerable Plegaria Eucarística del Canon Romano y me encanta volver a utilizarla, a veces, siendo aquella con la que fui ordenado sacerdote. Sin embargo, no puedo dejar de notar con pesar la ausencia total del Espíritu Santo en ella. En lugar de la actual epíclesis consagratoria sobre el pan y el vino, encontramos en ella la fórmula genérica: “Santifica, oh Dios, esta ofrenda con el poder de tu bendición…”.

Esto también fue una triste consecuencia de la polémica entre Oriente y Occidente. En el pasado, a los latinos nos impulsó a poner entre paréntesis el papel del Espíritu Santo para atribuir toda la eficacia a las palabras de la institución, y a los griegos a poner entre paréntesis las palabras de la institución para atribuir toda la eficacia a la acción del Espíritu Santo. Como si el misterio se cumpliera mediante una especie de reacción química cuyo momento exacto se puede determinar.

Hay, sin embargo, una perla que el Canon Romano ha transmitido de generación en generación y que la reforma litúrgica justamente ha conservado e insertado en todas las nuevas oraciones eucarísticas: precisamente la doxología final: “Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos”: Per ipsum, cum ipso et in ipso est tibi, Deo Patri omnipotenti, in unitate Spiritus Sancti, omnis honor et gloria per omnia saecula saeculorum. Esta fórmula expresa una verdad fundamental que San Basilio formuló en el primer tratado escrito sobre el Espíritu Santo. A nivel de la salida de las criaturas de Dios, escribe, todo parte del Padre, pasa por el Hijo y nos alcanza en el Espíritu; en el orden del regreso de las criaturas a Dios, todo comienza en el Espíritu Santo, pasa por el Hijo Jesucristo y vuelve al Padre . Siendo la liturgia el momento por excelencia del regreso de las criaturas a Dios, todo en ella debe partir y tomar impulso del Espíritu Santo.

El antiguo misal contenía toda una serie de oraciones que el sacerdote debía recitar en preparación para la Misa. Hoy no podíamos prepararnos mejor para la celebración que con una breve pero intensa oración al Espíritu Santo para que renueve en nosotros la unción sacerdotal y ponga en nuestro corazón el mismo impulso que él puso en el corazón de Cristo para ofrecernos al Padre en un sacrificio de olor fragante. La Carta a los Hebreos dice que Jesús, “movido por el Espíritu eterno, se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios” (Heb 9, 14). Oramos para que lo que pasó en la Cabeza también pase en nosotros, miembros de su Cuerpo.

1.Rudolph Otto, Lo sagrato (Das Heilige, 1917).
2.S. Agustín, Confessions, VII, 10.
3.Ib. XI, 9.
4.Cf. Mario Righetti, Storia Liturgica, vol. III, Milano 1966.
5.Agustín, Ep. 55, 11, 21.
6.Cf. Basilio de Cesarea, De Spiritu Sancto, XVIII, 47 (PG 32 , 153).

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