La reflexión del obispo Eduardo García.
Tal vez aquí esté una de las preguntas más profundas del Evangelio: ¿dónde está el hermano en mi relación con Dios? Porque no encontramos a Dios alejándonos de los demás. Muchas veces Dios nos está esperando precisamente allí: en el rostro concreto de aquel que necesita ser amado, cuidado y reconocido como hermano.
Y entonces la pregunta se vuelve todavía más incómoda: ¿de qué sirve decir que amamos a Dios si seguimos pasando de largo frente al hermano? ¿De qué sirve una fe que no nos conmueve, no nos compromete y no cambia nada?
Porque el Evangelio no nos pregunta cuánto hablamos de Dios, sino cuánto del amor de Dios se hace visible en nuestra manera de vivir. Y quizá la pregunta definitiva sea esta: si alguien mirara solamente cómo tratamos a los demás, ¿podría descubrir que creemos en Dios?


