La reflexión del obispo Eduardo García.
Aquella mujer seguramente era conocida y ya tenía un nombre: «pecadora». Pero Jesús descubre detrás de esa etiqueta una persona capaz de amar, de arrepentirse y de comenzar de nuevo. Donde otros ven una vida perdida, Dios sigue viendo una vida que puede ser salvada.
El problema de Simón es solamente que juzga y se siente tan justo que ya no necesita misericordia. Es una de las formas más peligrosas de vivir la fe: creernos tan buenos que terminemos perdiendo la capacidad de comprender las heridas de los demás.
Jesús nos revela un Dios que no tiene miedo de acercarse a vidas heridas, desordenadas o despreciadas. No viene a justificar el mal, sino a rescatar a la persona. La misericordia de Dios no llama bueno a lo que está mal; hace posible que quien cayó pueda levantarse.
La Iglesia está llamada a tener la mirada de Jesús: una mirada que dice la verdad, pero que al mismo tiempo abre caminos.


