La reflexión del obispo Eduardo García.
Lo que pasa inadvertido para el mundo puede estar lleno de futuro para Dios.
Celebrar el nacimiento de María es celebrar esta manera de actuar de Dios. Ella no nació con títulos ni privilegios visibles. Fue una niña de su pueblo, formada en la fe sencilla de su familia. Aprendió a rezar, a escuchar la Palabra, a esperar las promesas de Dios y a reconocer su presencia en la vida cotidiana.
Más tarde comprendimos la grandeza escondida en aquel nacimiento. María había sido llamada a ser la Madre de Jesús. Toda su grandeza nace de esa misión y de la libertad con la que respondió: “Que se haga en mí según tu palabra”.
María no fue grande porque vivió alejada de los problemas de su tiempo, sino porque permitió que Dios entrara, por medio de ella, en la historia concreta de su pueblo. Su fe no fue refugio ni evasión. Fue disponibilidad, entrega y compromiso.
Creer no es desentenderse de la historia; es permitir que Dios nos comprometa con ella.



