La reflexión del obispo Eduardo García.
Pedro aprende que no será pescador de hombres por sus capacidades, sino porque un día, teniendo las redes vacías, se animó a confiar en la Palabra. Allí comienza también la misión de la Iglesia. No somos enviados porque tengamos todas las respuestas, sino porque hemos experimentado personalmente que Jesús puede levantarnos, perdonarnos y comenzar nuevamente con nosotros.
Una Iglesia demasiado segura de sí misma corre el riesgo de confiar más en sus propias redes que en la Palabra. La fecundidad del Evangelio no nace de nuestras seguridades, sino de nuestra disponibilidad para volver a echar las redes cuando Jesús lo pide.
Pedro y sus compañeros «dejándolo todo, lo siguieron». No abandonan solamente unas redes. Comienzan a abandonar una manera de comprender la vida para aprender otra junto a Jesús.



