La reflexión del obispo Eduardo García.
Velar, entonces, no significa vivir con miedo ni obsesionados por el final. Significa vivir despiertos. Estar atentos a Dios que llega en medio de la vida cotidiana: en una persona que necesita ser escuchada, en una injusticia que reclama nuestro compromiso, en una oportunidad para perdonar, en el pobre, en el enfermo, en la Palabra, en la Eucaristía y también en esos acontecimientos inesperados que rompen nuestros planes.
El aceite de la parábola expresa algo profundamente personal. Las jóvenes prudentes no pueden prestarlo porque hay respuestas que nadie puede dar por nosotros. Nadie puede amar en nuestro lugar, nadie puede perdonar por nosotros, nadie puede vivir nuestra fidelidad ni responder a Dios con nuestra vida.
La lámpara es lo que se ve; el aceite es lo que verdaderamente sostiene la luz.



