La reflexión del obispo Eduardo García.
Jesús no pide una perfección artificial. Pide coherencia. Que aquello que celebramos se note en nuestra manera de vivir; que nuestra oración nos haga más humanos; que nuestra fe produzca justicia; que nuestra cercanía con Dios nos haga más cercanos a los demás.
Porque seguir a Jesús no consiste en alejarnos de la realidad. El discípulo está llamado a llevar el Evangelio a su trabajo, sus relaciones, la economía, la política, la cultura y cada espacio donde se juega la dignidad de las personas.
El Evangelio no se demuestra en la apariencia religiosa, sino en la justicia, la misericordia y la coherencia de la vida.



