La reflexión del obispo Eduardo García.
Jesús une inseparablemente el amor a Dios y el amor al prójimo. No permite una espiritualidad que mire al cielo mientras permanece indiferente ante lo que sucede en la tierra. El prójimo es el lugar concreto donde se verifica la verdad de nuestro amor a Dios.
También nosotros podemos multiplicar normas, reglamentos, códigos y obligaciones, mientras permanecemos indiferentes frente al pobre, al que sufre, al que está solo o al que quedó al costado del camino. Una religión puede ser impecable en sus normas y profundamente infiel al Evangelio si ha perdido la capacidad de amar.
Pero amar al prójimo tampoco significa simplemente tolerarlo. Amar es reconocer que el otro posee la misma dignidad que yo porque Dios lo mira con el mismo amor con que me mira a mí. Por eso, el amor cristiano se vuelve justicia, cercanía, compasión, perdón, defensa del débil y compromiso con la vida.



