La reflexión del obispo Eduardo García.
Jesús no condena los bienes; denuncia su idolatría. El dinero es un instrumento cuando sirve a la vida, pero se convierte en ídolo cuando la vida termina sirviendo al dinero. Y cuando el dinero ocupa el centro, inevitablemente alguien queda afuera: el pobre, el débil, el que no produce, el que no puede competir.
Por eso, seguir a Jesús significa aprender otra manera de vivir: tener sin apropiarnos, recibir sin acumular, compartir sin calcular y confiar sin exigir garantías.
Los discípulos preguntan asustados: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?». Y Jesús responde con una de las palabras más esperanzadoras del Evangelio: «Para los hombres es imposible, pero para Dios todo es posible». El desprendimiento verdadero no nace solamente de nuestra voluntad; es obra de la gracia.
El Reino comienza cuando dejamos de preguntarnos cuánto podemos conservar y empezamos a preguntarnos cuánto de nuestra vida estamos dispuestos a entregar.




