Jesús nos revela que el verdadero culto consiste en amar como Él ama. La liturgia encuentra su plenitud cuando se prolonga en la misericordia; la oración es auténtica cuando nos hace más cercanos; la fidelidad a Dios se verifica en la compasión con el hermano. No hay verdadera santidad donde falta misericordia.
Seguir a Cristo significa aprender a mirar con sus ojos y a tener su mismo corazón. Allí donde otros solo ven normas, el discípulo descubre personas; donde otros condenan, él busca salvar; donde otros levantan muros, él tiende puentes. Porque el Hijo del Hombre es Señor del sábado, y quien vive unido a Él comprende que la ley alcanza su plenitud cuando se convierte en expresión del amor que libera, sana y devuelve la vida.



