El Evangelio siempre está por encima de cualquier ley. La ley sin amor termina oprimiendo; el amor de Cristo da sentido incluso a las renuncias más difíciles. Quien ha experimentado la misericordia de Dios descubre que los mandamientos dejan de ser un peso para convertirse en el camino de una vida plenamente humana.
El descanso que Jesús promete no es la ausencia de problemas, sino la paz de quien sabe que nunca camina solo. El discípulo sigue teniendo luchas, cruces y combates, pero ya no vive bajo el miedo, sino sostenido por la certeza de un amor que jamás lo abandona. Esa es la verdadera libertad de los hijos de Dios y la fuente de una alegría que el mundo no puede dar ni quitar.



