El Evangelio sigue siendo una espada. Rompe nuestras falsas seguridades, desenmascara nuestras incoherencias y nos obliga a elegir. No permite una fe de apariencias. El verdadero discípulo se reconoce porque ama, perdona, sirve y permanece fiel, incluso cuando nadie lo ve.
Pero este camino no depende solo de nuestras fuerzas. Antes de pedirnos que carguemos la cruz, Cristo cargó con la suya. Por eso, la fidelidad nace de la gracia y no del voluntarismo.
Quien se sabe amado por Dios ya no vive aferrado al poder, al prestigio o a las seguridades. Sabe que la cruz no es el final, sino el camino por el que Dios hace brotar la vida. Allí donde el mundo solo ve fracaso, el discípulo descubre que el amor sigue venciendo.



