Nuestro mundo está cansado de discursos y necesita testigos. Evangelizar no consiste en ganar adeptos, sino en acercar a las personas a Jesucristo. No es hacer que los demás piensen como nosotros, sino ayudarles a descubrir que Dios los ama, los espera y camina con ellos. El protagonista de la misión nunca es el evangelizador, sino el Espíritu Santo.
Cada bautizado ha sido enviado. Allí donde vivimos, trabajamos y compartimos la vida cotidiana, el Señor nos pide ser sembradores de paz, de verdad y de esperanza. En un mundo marcado por el individualismo, la violencia y la desesperanza, el discípulo está llamado a recordar, con su vida, que el Reino de Dios ya está presente y que el amor sigue teniendo la fuerza de transformar el corazón del hombre y la historia.


