El discípulo no puede tomar como criterio el comportamiento de la mayoría. La verdad no se mide por el número de quienes la siguen. Con frecuencia el Evangelio nos invita a vivir contracorriente, a sostener la esperanza cuando otros se resignan, a seguir amando cuando parece más fácil endurecer el corazón, a permanecer fieles cuando muchos abandonan el camino.
Las Bienaventuranzas son el mejor testimonio de ello. Los santos, los mártires y tantos hombres y mujeres sencillos que vivieron según el Evangelio encontraron la verdadera felicidad no porque evitaron el sacrificio, sino porque entregaron la vida por algo que valía la pena. Fueron felices haciendo felices a los demás.
Sin embargo, nadie puede recorrer este camino apoyado únicamente en sus propias fuerzas. La puerta estrecha no se cruza a fuerza de voluntad, sino dejándose conducir por la gracia. Es el Espíritu Santo quien trabaja silenciosamente en nosotros, purificando el corazón, fortaleciendo nuestra debilidad y haciéndonos capaces de vivir lo que por nosotros mismos no podríamos.

