El amor es la raíz de todo verdadero seguimiento, y el seguimiento es la prueba concreta de todo verdadero amor. Amar a Cristo implica dejarnos enviar, comprometernos con el dolor de nuestro pueblo, sostener a los más frágiles y hacer visible la ternura de Dios en medio de la historia.
Así, la Iglesia continuará, a través del tiempo, la obra salvadora de Jesús: una Iglesia que no vive para sí misma, sino que sale al encuentro de las heridas humanas para anunciar, con humildad y valentía, que Cristo vive y sigue llamando a cada hombre y a cada mujer a una vida nueva.

