Cristo resucitado permanece con nosotros en lo cotidiano: en nuestras alegrías y tristezas, en el trabajo, en las luchas, en las búsquedas y cansancios de cada día. Su presencia sostiene nuestra esperanza y nos recuerda que el amor tiene la última palabra sobre la muerte.
Por eso, el cristiano no vive mirando hacia arriba para escapar del mundo, sino mirando a los hombres con los ojos de Jesús. La Ascensión nos impulsa a vivir con los pies en la tierra y el corazón en Dios, contagiando vida, ternura y esperanza. El Resucitado está con nosotros y sigue actuando en la historia a través de quienes se animan a amar como Él.
