El Espíritu de la Verdad sigue actuando proféticamente en la historia. Él despierta corazones dormidos, sostiene a los perseguidos, fortalece a los débiles y enciende el fuego de la fe en tiempos de oscuridad. Allí donde parece crecer la mentira, el miedo o la confusión, el Espíritu levanta testigos valientes que anuncian a Cristo con su palabra y con su vida.
La palabra “testigo” llega a identificarse con “mártir”, porque el mayor testimonio es dar la vida por la verdad. Pero el martirio no es solo derramar la sangre; también existe el martirio cotidiano de quien permanece fiel a Cristo en medio de las dificultades, de quien ama, perdona, sirve y persevera aun cuando eso le cuesta.
