Comulgar es dejarnos unir a Jesús como Él está unido al Padre. Es vivir de Él, por Él y para Él. Y eso se nota: cambia nuestra manera de mirar, de hablar, de amar.
La Eucaristía nos saca de nosotros mismos. Nos empuja hacia los demás, especialmente hacia los que más sufren. No se puede comulgar con el Cuerpo de Cristo y ser indiferente al cuerpo herido de los pobres.
Ahí se juega todo: o la Eucaristía se hace vida, o queda vacía.
El que se alimenta de Cristo está llamado a hacerse pan.
Porque no somos los salvadores del mundo, pero sí somos sus manos, su voz, su presencia.

