ORANDO CON LA PALABRA

Ahí está el corazón de la fe: dejarnos llamar por nuestro nombre, descubrir que no creemos en algo, sino en Alguien que nos conoce, que nos busca y nos sale al encuentro en medio de nuestras lágrimas. María deja de mirar el sepulcro, deja el pasado, y se le abre un horizonte nuevo: la vida que empieza.

Pero cuando lo reconoce, quiere retenerlo, aferrarse, como queriendo que nada cambie más. Y Jesús le dice: “No me retengas”, porque la fe no es poseer a Jesús, sino seguirlo; no es encerrarlo en nuestras seguridades, sino dejarnos enviar. El Resucitado no se deja atrapar: se recibe, se cree, se anuncia.

Por eso María pasa del llanto a la misión, de buscar a un muerto a anunciar a un Viviente, y se convierte en la primera mensajera, la apóstol de los apóstoles. Y ahí aparece una clave fuerte para nosotros: la fe verdadera siempre se vuelve anuncio. Si realmente nos encontramos con Jesús, no lo podemos guardar para nosotros.

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En la oración de este mes, el Santo Padre pide especialmente por los sacerdotes “cuando la soledad pesa, las dudas oscurecen el corazón y el cansancio parece más fuerte que la esperanza”, y ruega que puedan redescubrir que “no son funcionarios ni héroes solitarios, sino hijos amados […] y pastores sostenidos por la oración de su pueblo”.