El discípulo es, ante todo, compañero de Jesús: comparte el pan, entra en su intimidad, aprende su modo de pensar, reconoce sus gestos y se deja moldear por su cercanía. La familiaridad con Él se engendra en el trato cotidiano, en la oración constante, en la vida compartida.
Ser discípulo es haber escogido el Evangelio como proyecto de vida. Es mirar la realidad con los ojos de Cristo y trabajar cada día para que el Reino se haga presente. El verdadero discípulo no solo camina detrás de Jesús: carga en sus manos la obra del Reino y la va construyendo, con fidelidad y esperanza, en medio de la historia.


