LA PAZ DEBE BUSCARSE CONTINUAMENTE

El Patriarca ecuménico de Constantinopla, con ocasión de la Navidad ortodoxa, en un artículo publicado por L’Osservatore Romano, invoca sobre los hombres no las sombras, sino la luz del sol. Frente a las guerras que ensangrientan el mundo, «lo que falta a todos es la verdadera comprensión del prójimo». El egoísmo y las hipocresías ya no nos hacen ver «a los hermanos y hermanas que sufren junto a nosotros».

Bartolomé I
Patriarca Ecuménico de Constantinopla

«La paz no puede darse por sentada; no es algo evidente. Es un deber, un logro, exige una lucha incesante para preservarla». Nuestra Encíclica de Navidad para el año 2023 contenía este mensaje: la paz debe buscarse continuamente. ¿Cómo celebrarla «con timbales y danzas», como nos dicen los Salmos? En aquel pesebre, en aquella cueva donde hace más de dos mil años nació un niño y se dio una luz, todo parece perdido. Hoy no se ve ninguna luz en la ciudad de Belén; los hombres hemos vuelto a convertir el pesebre claramente iluminado en una cueva oscura y desolada, tal como era antes del nacimiento de nuestro Salvador. Por eso, ahora que nos encontramos en esa oscuridad, tratemos también de situarnos por un momento a la manera del tiempo anterior a su nacimiento, para que nuestra oración sea aún más intensa.

Desde la caída de nuestros progenitores Adán y Eva, nuestros antepasados han buscado y anhelado reunirse con el Creador. Los profetas anunciaron al Mesías justo que infundiría de nuevo en nuestras almas el aliento vivificador. Durante siglos, los antiguos patriarcas de Israel condujeron al pueblo de Dios hacia esta meta, hacia el Horeb, hacia el Sinaí, hasta llegar a Jerusalén, para que su pueblo pudiera volver a comulgar con Aquel «que es».

Sin embargo, llegado el momento, cuando el universo se alínea para el nacimiento de Cristo, vemos que «las zorras tienen sus guaridas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza». Pero esta falta de un lugar apropiado y adecuado para el nacimiento de Cristo no detiene el plan divino. Simplemente toma un pesebre improvisado en una cueva y lo transforma en el lugar donde se manifiesta la gloria de Dios. Tal vez la oscuridad de la cueva es lo que se necesitaba para reconocer esa luz que entra en el mundo. Tal vez el contraste sea necesario; no se reconoce la singularidad de los rayos individuales del sol al ser engullidos por el brillo de la masa de luz. Si ese contraste se ve en ese momento único, en la encarnación de la segunda persona de la Santísima Trinidad, el Verbo hecho Carne, entonces ¿qué debemos buscar en la oscuridad actual en la que se encuentra Belén?

En el «mito de la caverna» de Platón se nos enseña a ver el espíritu no iluminado. Un espíritu encadenado y obligado a mirar en una sola dirección, lejos del exterior de la caverna, viendo sólo las sombras de los titiriteros, limitado en su capacidad de razonar y comprender por su incapacidad de darse la vuelta y simplemente salir de la caverna, para ver la realidad. Quizá en ambos casos la cueva sea la misma; quizá hayamos encadenado a otros hombres para controlarlos y forzar su participación en un mundo que sólo parece generar guerra, hambre, desigualdad y enfermedad. Ya se trate de Ucrania, de toda el África subsahariana o del reciente resurgimiento del derramamiento de sangre en Oriente Próximo, una cosa es cierta: lo que nos falta a todos es una verdadera comprensión del «prójimo». Nuestro egoísmo y nuestras hipocresías nos han atado hasta el punto de que somos incapaces de volver la cabeza y mirar a derecha e izquierda para ver a nuestros hermanos y hermanas que sufren junto a nosotros.

Hemos elegido presentar la alegoría de la caverna de Platón en el contexto de la caverna que vio nacer a nuestro Redentor, Señor y Salvador Jesucristo, por la siguiente razón: mientras que el pueblo atado de Platón sólo ve sombras, con pocas esperanzas de que unos pocos escapen, en Belén el Sol entró en la caverna, el Sol apareció ante el pueblo encadenado; nació un niño -nuestro Mesías- que nos conduce a nuestra liberación. Durante los siglos que han transcurrido entre entonces y ahora, una cosa ha quedado asegurada: «Porque estoy persuadido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo futuro, ni las potestades, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios, en Cristo Jesús, Señor nuestro».

Que Aquel que nació en una cueva y fue acostado en un pesebre para nuestra salvación, Jesucristo, el «Dios-con-nosotros», continúe bendiciéndonos, brillando sobre nosotros y, sobre todo, dándonos la fuerza para luchar por Su paz justa y eterna.

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