LA FIESTA DEL BAUTISMO DE JESÚS

Ya en el año 300, la Iglesia oriental celebraba la Epifanía y el Bautismo de Jesús el 6 de enero, mientras que en la Iglesia occidental esta fiesta se mencionaba en la Liturgia de las Horas. Con la reforma litúrgica de 1969, la fiesta se fijó en el domingo siguiente a la Epifanía. En los países donde la Epifanía no es fiesta civil, la celebración se traslada al domingo entre el 2 y el 8 de enero, y la fiesta del Bautismo de Jesús, al lunes siguiente a la Epifanía.

Con la fiesta del Bautismo de Jesús finaliza el Tiempo de Navidad, aunque queda abierta una «ventana» el 2 de febrero, día en el que se celebra la Presentación de Jesús en el Templo (conocida popularmente como «Candelaria»).

Del Evangelio según san Marcos

Y Juan predicaba, diciendo: «Detrás de mi vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero Él los bautizará con el Espíritu Santo».

En aquellos días, Jesús llegó desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y al salir del agua, vio que los cielos se abrían y que el Espíritu Santo descendía sobre Él como una paloma; y una voz desde el cielo dijo: «Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección». (Mc 1,7-11).

Síntesis de un camino

Durante el Tiempo de Navidad, adoramos al Niño de Belén acostado en un pesebre (25 de diciembre); nos encontramos con la Sagrada Familia de Nazaret (primer domingo después de Navidad); veneramos a María, Madre de Dios (1 de enero); reflexionamos sobre la manifestación de Jesús a los Magos, es decir, a todos los hombres (6 de enero). La fiesta de hoy cierra este Tiempo litúrgico.

La entrada de Jesús en la vida pública

Nazaret es una ciudad pequeña y mencionada de forma despectiva: «¿Acaso puede salir algo bueno de Nazaret?», pregunta Natanael a Felipe (Jn 1,46).

Sin embargo, Jesús vivió allí durante 30 años. Años de silencio, de crecimiento, de trabajo, de vida cotidiana en la Sagrada Familia… en Galilea, una región descalificada desde el punto de vista religioso, considerada como contaminada por personas paganas. Con estos detalles, el evangelista nos ayuda a comprender que Jesús entra en la vida pública no como un privilegiado, sino que casi se podría decir que pasa por una «puerta trasera»: de sus primeros 30 años sabemos por los Evangelios que Jesús creció en «edad, sabiduría y gracia» (Lc 2,52), y que es esta madurez la que le lleva a hacerse solidario con los últimos, con los pecadores: el que no conoció pecado -escribe San Pablo- se hizo por nosotros pecado y maldición (2 Cor 5,21; Gal 3,13).

La Voz

Al salir del agua, el único que reconoce la voz del cielo es Jesús: «Tú eres mi Hijo, el amado». Palabras que se dirigen a nosotros hoy: «Tú eres mi hijo, el amado». Es como si dijera: «En ti soy feliz». Hay una felicidad de Dios en cada uno de nosotros, porque cada uno de nosotros está y permanece hecho «a su imagen y semejanza» (Gn 1,26), y su satisfacción por lo que ha hecho nadie puede borrarla: «Y vio que era muy bueno y hermoso» (Gen 1:31). La venida de Cristo manifiesta el amor de Dios;  su descenso de los cielos nos dice a cada uno de nosotros: «Me interesas y por esto te cuido, me importa tu existencia, me importas tú. Contigo quiero empezar una nueva historia de salvación, un nuevo comienzo».

El bautismo de Jesús, nuestro bautismo     

En su bautismo, Jesús se solidariza con los hombres poniéndose en fila entre los pecadores, Él que no tiene pecado. Se coloca a nuestro lado, es el Dios-con-nosotros, el Emanuel. Él se hace cargo de la suerte de cada uno;  por eso, también nosotros estamos llamados -porque estamos bautizados, inmersos en su amor- a cuidar de los que comparten con nosotros la experiencia de la vida, empezando por los últimos (los pecadores), los excluidos (Nazaret), los etiquetados (Galilea). Todo juicio o prejuicio ha de ser desmontado en la verdad, ya que cada uno de nosotros es «el amado del Señor», en quien Dios ha puesto «su predilección», su alegría. Esto es cierto para mí, pero también para todos los hermanos y hermanas. Independientemente de nuestra condición de pecadores.

En el bautismo se renueva el acontecimiento navideño: Dios desciende, nace en mí para que yo renazca en Él como una criatura nueva. Pero esta «vida nueva» (cfr. Is 43,19) debe ser testimoniada para que -como Jesús dijo de sí mismo: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14,9)- los que nos encuentren puedan decir «en ti veo a Jesús». Humanamente imposible, ciertamente, pero «nada es imposible para Dios» (Lc 1,37).

Del bautismo a la vida

El Bautismo de Jesús cierra así el Tiempo fuerte de la Navidad y abre el Tiempo Ordinario, el tiempo de la vida. Así como el Bautismo inauguró la misión pública de Jesús, para nosotros inaugura el compromiso de salir de la gruta de Belén donde le adoramos, para comenzar la misión de testimoniarle día a día. Fortalecidos por la alegría de ser Pueblo de Dios que se reúne cada domingo para dejarse guiar por la Palabra de Dios y para  alimentarse con la Eucaristía, Pan de camino, vivamos en la caridad, caminando hacia el Cielo, donde el Padre nos espera para que estemos siempre con Él.

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Dirijo mi llamamiento a las Autoridades nacionales de la República Democrática del Congo y a la Comunidad internacional, para que se haga todo lo posible para detener la violencia y para salvaguardar la vida de los civiles.

Entre las víctimas, muchos son cristianos asesinados in odium fidei. Son mártires. Su sacrificio es una semilla que germina y da fruto y nos enseña a testimoniar el Evangelio con valentía y coherencia.

No dejemos de rezar por la paz en Ucrania, en Tierra Santa, en Sudán, Myanmar y en todos los lugares en los que se sufre por la guerra.

El Señor deposita en nosotros las semillas de su Palabra y de su gracia, y espera con paciencia a que se desarrollen hasta dar fruto de obras buenas. Y esto porque quiere que en su campo no se pierda nada, sino que alcance la plena maduración.