Fuente: Vatican News
La Cuaresma es el tiempo en que la Iglesia, con maternal solicitud, nos invita a volver a situar el misterio de Dios en el centro de nuestras vidas, para que nuestra fe recupere fuerza y nuestro corazón no se pierda en las preocupaciones y distracciones de la vida cotidiana. «Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar», Él rezó por nosotros incluso con su propio cuerpo.
“Nos sentimos invitados a hacernos discípulos de Jesús sufriente. Él rezó por nosotros incluso con su propio cuerpo, sometiéndolo a sufrimientos indecibles, adhiriéndose así al designio del Padre. Hizo don de Sí mismo al Padre y a los hombres, manifestándonos a todos la insondable miseria humana y la extraordinaria posibilidad de renovación y de salvación, que en Él se nos ha dado. A ejemplo de Jesús, también nosotros hemos de rezar con nuestro cuerpo. Esas opciones nuestras que implican comportamientos comprometidos y difíciles ―como la castidad según el estado de vida, el servicio de asistencia a los hermanos, y cualquier otra actividad físicamente fatigosa―, se convierten en oración y sacrificio que ofrecer a Dios en unión redentora con los «sufrimientos de Cristo» (Col 1, 24). Acojamos, pues, la «flagelación» que nos hace experimentar cada día la sobriedad personal y el ejercicio de la caridad cristiana. Ella es fruto y don del misterio doloroso de Jesús, que nos estimula, nos compromete, nos transforma interiormente.”
(San Juan Pablo II – Ángelus – 19 de febrero de 1989)

