La reflexión del obispo Eduardo García.
Nosotros somos impacientes. Queremos resultados rápidos en las personas, en nuestras comunidades y hasta en Nosotros mismos. Clasificamos demasiado pronto: este sirve, aquel no cambia, aquel otro está perdido. Pero Dios nunca da por perdida una tierra mientras nosotros todavía vemos solamente piedras.
La Palabra trabaja muchas veces en silencio. Puede permanecer escondida durante años y germinar cuando menos lo esperamos. Nuestra tarea no es controlar su crecimiento, sino preparar la tierra, sembrar generosamente y acompañar con paciencia.
También nosotros estamos llamados a sembrar así: sin elegir demasiado a quién, sin exigir resultados inmediatos y sin apropiarnos de los frutos. Sembrar una palabra de esperanza, un gesto de cercanía, una oportunidad, un abrazo, aun cuando no sepamos qué sucederá después.


