Nacido el 4 de octubre de 1542, en Montepulciano, asistió a la escuela local que acababan de inaugurar los jesuitas y así —superando las resistencias de su padre—, en septiembre de 1560, ingresó en la Compañía de Jesús. Estudió en el Colegio Romano, donde fue alumno, profesor y predicador. Impartió clases de filosofía en Florencia y en Mondovì, para luego trasladarse a Padua, donde comenzó sus estudios de teología, que completó en Lovaina. Fue ordenado sacerdote el 25 de marzo de 1570.
Docente en Roma
Tras siete años de docencia en Lovaina, donde se había destacado por sus conocimientos y su elocuencia, fue trasladado a Roma en 1576. En 1586 publicó su primer libro, Las Controverias” partiendo de las verdades negadas por los protestantes, presentó todos sus fundamentos bíblicos y patrísticos, logrando así crear una especie de nueva Summa Theologica. En treinta años, la obra se reimprimió veinte veces y se tradujo en los principales idiomas.
Padre espiritual y rector
En 1588, debido a la gran carga de trabajo, su salud se resintió y, por ello, se dedicó exclusivamente al estudio y a la dirección espiritual de los estudiantes, entre los que se encontraba san Luis Gonzaga. En 1592 fue nombrado rector del Colegio Romano, colaborando también en la redacción de la Ratio Studiorium.
Cardenal
En 1597, el Papa Clemente VIII quiso tenerlo a su lado en Roma y lo nombró consultor del Santo Oficio, pero el padre Roberto atendió tantas peticiones que le llegaban de las distintas congregaciones, hasta el punto de que se le llamaba “el mozo de la curia” o el “factótum de la Santa Sede”. El 3 de marzo de 1599 fue creado cardenal, y pidió al Papa no recibir ningún beneficio derivado de este título.
Se convirtió en arzobispo de Capua en abril de 1602 y se consagró al servicio pastoral con todo su empeño y pasión. Se dedicó a la formación del clero, a la atención a los pobres y al culto: “Era amado por el pueblo, al que él también amaba mucho”.
A la muerte de Clemente VIII, en 1605, estuvo a punto de ser elegido Papa, tal y como él mismo relata: “En el segundo cónclave estuvo a punto de ser elegido Papa. Y cuando un cardenal de gran autoridad y seriedad le prometió su influencia [para que fuera elegido], le exhortó a desistir sin darle las gracias”. Declaró que, por su parte, no recogería ni una brizna de paja del suelo para ser elegido Papa. No guardó ningún rencor contra quienes se oponían a su elección; es más, no le afectó en absoluto. Decía, de hecho, que el papado podría calificarse como un “trabajo muy peligroso” o un “peligro muy agotador”.
Al ser elegido, Pablo V lo quiso tener a su lado, por ello, dejó la dirección de la diócesis de Capua y regresó a la Curia romana, dedicándose al servicio de las distintas Congregaciones. Entre los casos que tuvo que afrontar se encontraba también el de Galileo Galilei.
Muerte
Ya cansado, se retiró el 25 de agosto de 1621: tres días después enfermó y, en el plazo de un mes —el 17 de septiembre—, falleció, tras haber recibido la visita del Papa. No se dejó sorprender por la muerte, ya que ya en 1620 publicó El arte de morir bien, donde escribe: “Para poder vivir bien, es necesario, ante todo, morir al mundo antes de morir en el cuerpo. Todos aquellos que viven para el mundo están muertos para Dios. No podemos, de ninguna manera, empezar a vivir en Dios sin morir primero al mundo”.
Nació el día en que la Iglesia celebra a san Francisco y murió el día de los estigmas del santo de Asís, hacia quien siempre cultivó una especial veneración, aunque hubiera elegido la Compañía de Jesús, de la que tomó toda su formación intelectual y espiritual.
Ya en 1622 se abrió la causa de canonización, pero hubo que esperar hasta 1923 para verlo beatificado y hasta 1930 para verlo canonizado; en 1931 se le concedió el título de Doctor de la Iglesia.


