ORANDO CON LA PALABRA

La reflexión del obispo Eduardo García.

Jesús presenta dos caminos: el de la vida y el de la muerte. El camino de la vida es el de la fraternidad, la justicia, la misericordia y el compartir. El camino de la muerte es el del egoísmo, la indiferencia, la violencia y la acumulación que deja a otros afuera.

No existe una neutralidad inocente. Cuando permanecemos indiferentes ante el sufrimiento, terminamos fortaleciendo aquello que lo provoca. Quien pasa de largo ante el herido quizá no lo haya golpeado, pero lo deja solo en manos de quienes lo destruyeron.

Las bienaventuranzas marcan el camino del cristiano porque antes fueron el camino de Jesús. Él se hizo pobre, lloró ante el sufrimiento, tuvo hambre, fue rechazado y condenado injustamente. No contempló el dolor desde lejos: lo asumió y lo atravesó.

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La vida humana es un don sagrado que merece ser acogido, protegido y cuidado en todas sus etapas. Sin embargo, en muchas partes del mundo persisten situaciones de indiferencia, exclusión y violencia que amenazan la dignidad de las personas, especialmente de las que se encuentran en situación de vulnerabilidad. Cuando se debilita el respeto por la vida, crece también la cultura del descarte, dejando a muchos sin la atención, el acompañamiento y el reconocimiento que necesitan.