La gran tragedia no es sufrir. La gran tragedia es pasar por este mundo sin haber amado.
La cruz de Cristo no es la victoria del dolor, sino la victoria del amor. En ella descubrimos que el amor verdadero siempre cuesta, pero nunca es estéril. Toda entrega hecha por amor tiene un valor eterno. Todo acto de generosidad, toda fidelidad silenciosa, toda lucha por la justicia y toda renuncia realizada por el Reino hacen presente desde ahora la vida nueva que Dios promete.
El discípulo no espera el Reino solamente para el final de los tiempos. Lo comienza a vivir hoy, cada vez que elige el amor por encima del egoísmo, el servicio por encima del poder y la verdad por encima de la comodidad. Allí donde un cristiano entrega su vida por los demás, la cruz deja de ser un signo de derrota y se convierte en el anuncio de la resurrección.



