Jesús baja del monte. No permanece refugiado en una experiencia espiritual extraordinaria. Desciende para encontrarse con los enfermos, los pobres, los pecadores y los que sufren. La contemplación auténtica siempre conduce a la misión. Quien ha visto la luz de Cristo no puede guardarla para sí; está llamado a convertirse en luz para los demás.
Cada uno de nosotros está llamado a preguntarse qué necesita ser transfigurado. Allí donde dejamos entrar a Cristo, la vida comienza a iluminarse desde dentro. La santidad no consiste en huir del mundo, sino en dejar que Dios haga resplandecer su luz en medio de la vida cotidiana.



