Con frecuencia también nosotros caemos en la misma tentación. Pedimos señales, milagros o respuestas inmediatas para creer. Buscamos una fe que nos dé certezas visibles y soluciones rápidas. Sin embargo, Jesús nos invita a una confianza más profunda, que no depende de signos extraordinarios, sino de la certeza de que Él permanece siempre a nuestro lado, incluso cuando parece guardar silencio.
La resurrección de Cristo es el gran signo definitivo de la historia. No habrá otro mayor. En ella, Dios ha vencido para siempre al pecado, al mal y a la muerte. Por eso, el cristiano no vive esperando nuevos prodigios, sino aprendiendo a reconocer el milagro que ya ha sucedido: Cristo ha resucitado y vive entre nosotros. Quien acoge esta verdad mira la vida con esperanza, porque sabe que, con Dios, toda cruz puede convertirse en Pascua y toda noche puede abrirse a la luz de un nuevo amanecer.


