Hoy Jesús sigue llamándonos por nuestro nombre. Nos llama en medio de una realidad marcada por la indiferencia, el egoísmo, la violencia, la corrupción y el descarte de los más débiles. Nos llama a no ser espectadores resignados ni creyentes encerrados en la comodidad de nuestros templos. Nos envía a ser discípulos misioneros, testigos de una esperanza que no defrauda y profetas que anuncian, con valentía, que el Reino de Dios está cerca.
Cuando la lógica del mundo promueve el poder, la acumulación y el propio interés, el Evangelio nos invita a construir fraternidad, a sanar heridas y a abrir caminos de reconciliación. Allí donde los hombres levantan muros, el discípulo de Jesús está llamado a tender puentes. Allí donde parece reinar la muerte, está llamado a anunciar la victoria de la vida. Porque el Espíritu sigue actuando en la historia y quiere servirse de nuestras palabras y de nuestras obras para hacer nacer, ya desde ahora, los signos del Reino de Dios entre los hombres.

