CORREGIR AL QUE YERRA (II)

Fuente: Pastoral SJ – Obras de misericordia – Pedro Rodríguez Ponga, sj

Qué difícil resulta «decirnos las cosas». Tanto personal como profesionalmente, decirle a otra persona lo que se piensa de ella, incluso si es por su bien, es de las cosas más complicadas que hay. De hecho, hay a veces situaciones absurdas que claman al cielo en las que «todo el mundo» ve algo de una persona, y parece que «nadie se atreve», o que «a ver quién le dice algo». Entonces, nos debatimos entre decírselo directamente, hacérselo ver sutilmente, o quedarnos callados, porque «total, qué más da». 

Pues no da igual. Uno de los fundamentos que hay que tener en cuenta para animarse a corregir al otro tiene que ver con la salvación. ¿Qué papel juegan los demás? ¿Nos salvamos juntos o solos? La respuesta es doble: nos salvamos solos, sí, pero también con los demás. Por tanto, lo que hagan los demás, no sólo es importante para el otro, sino para todos. De alguna manera, somos responsables de cómo vivan los demás. No somos los últimos responsables, pero en la medida en que esté en nuestra mano, tenemos que responder a esa llamada. Esto es importante tenerlo en cuenta en una época en la que el individualismo es fuerte, y parece que mientras que no nos afecte lo que hagan los demás, es como si no fuera con nosotros. 

Y claro que va con nosotros. Va con nosotros porque estamos llamados a vivir desde la Verdad. Y una vez que se conoce la Verdad, no se puede esconder o guardar para sí. ¿Eso significa que uno está en posesión de la Verdad y el otro no? Ir por la vida creyéndose que sí es terrible. Pero todos estamos en búsqueda, y reconozcámoslo: hay personas con más experiencia que nosotros que pueden ayudarnos a crecer. Aceptar esto requiere humildad. 

¿Y cómo se hace? La única manera es corregir desde el amor. La Verdad dicha sin amor es una canallada. El amor nos hace querer sacar al otro del error en el que se encuentra. Eso es la auténtica misericordia: mirar la miseria del otro con el corazón, para intentar erradicarla. En otras palabras, amar al pecador y aborrercer el pecado. Y aunque lo hagamos con todo el amor del mundo, puede ocurrir que la otra persona se moleste. La Verdad y el amor deben ir, por tanto, conectados con la libertad. Libre para ser valientes, mirar al otro con amor, corregirle y asumir las consecuencias. 

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