CORREGIR AL QUE YERRA

Fuente: Pastoral SJ – Obras de misericordia – Elena López

Se pueden cometer muchos tipos de errores. Y se puede corregir también de muchas maneras. A todos nos suena la cita de Mateo que habla de la corrección fraterna, y que comienza: “Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas.»

Leo la cita despacio, recuerdo momentos de mi vida en los cuáles corregí o me han corregido, me detengo en tantos ejemplos, y me pregunto cómo quiere Dios que yo corrija a otro. Es más, pienso si Dios hablaría de error o de pecado como yo lo hago. Puede que simplemente Él fuese en ocasiones más benévolo que yo y que sea entonces su espíritu quien pueda ayudarme a buscar luz en este tema, quien me anima a no usar el boli rojo para llenar de tachones el folio del otro.

Repréndelo a solas, dice, porque corregir es un acto de intimidad, de humildad, de confianza, de ayuda sincera. Y se da el encuentro profundo y verdadero al poner el centro en el otro más que en uno mismo; al quererle bien, al ponerme en su lugar. Hasta aquí, no parece del todo fácil.

La cita continúa: «Si te hace caso, has salvado a tu hermano.»

Y es que corregir tiene ese poder, el de salvar. Pero no de cualquier forma. La cuestión no es si el hermano hace caso, creo yo. Sino si yo soy capaz de acercarme al otro y practicar esa manera de mirar de Dios, si consigo distanciarme de ese modo que tiene de hablar mi propio ego, si logro no cuestionar desde mi enfado sino desde la bendición al otro.

¿Desde dónde? y ¿para qué?, dicen algunos. No para sentirnos salvadores últimos de la gente que nos rodea, no para creernos superiores a nadie; al contrario, para sentirnos más hermanos, y para sostenernos unos a otros desde lo más débil de cada uno.

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La vida humana es un don sagrado que merece ser acogido, protegido y cuidado en todas sus etapas. Sin embargo, en muchas partes del mundo persisten situaciones de indiferencia, exclusión y violencia que amenazan la dignidad de las personas, especialmente de las que se encuentran en situación de vulnerabilidad. Cuando se debilita el respeto por la vida, crece también la cultura del descarte, dejando a muchos sin la atención, el acompañamiento y el reconocimiento que necesitan.