La fe pascual no nace del milagro aislado, sino de una comunidad que vive y transparenta la presencia de Jesús. Por eso, la ausencia de Tomás lo dejó afuera de la experiencia. Y también la comunidad tiene su parte: no supo mostrar con fuerza la vida nueva que había recibido.
Y acá la Palabra nos incomoda. Porque muchas veces nuestras comunidades se parecen más al cenáculo cerrado que a la Iglesia en salida. Miedo al mundo, miedo a la cultura, miedo a perder, miedo a anunciar. Nos encerramos… y así la fe se apaga.
Pero Cristo sigue entrando. Sigue diciendo: “Paz a ustedes”. Sigue soplando su Espíritu. Sigue abriendo puertas que nosotros cerramos.
Hoy la Iglesia está llamada a algo claro y exigente: ser signo visible de la vida nueva.

