SAN JOSÉ MOSCATI, MÉDICO DE NÁPOLES

José Moscati, que como santo goza de una gran devoción en Nápoles, nació en realidad en Benevento en 1880 e incluso tenía orígenes de Avellino. Hijo y nieto de magistrados, su vida profesional parecía estar ya muy orientada en tal dirección, pero ninguno se imaginaba que su gran fe lo llevaría por derroteros diferentes…

«¡Mi lugar está al lado de los enfermos!»

En 1892, cuando José era un adolescente, su hermano se lesionó al caerse de su caballo y como resultado del accidente comenzó a sufrir de epilepsia. Tal vez por efecto de haber tomado conciencia de la brevedad de la vida humana desde tan temprana edad, cuando fue golpeado por el sufrimiento, o quizás debido a la continua visión de los enfermos desde la ventana de la casa de su padre con vistas al Hospital de los Incurables, José se sintió inclinado a preferir la Facultad de Medicina a la de Derecho. En ese momento la medicina y la ciencia en general eran un terreno fértil para el materialismo, pero José se las arregló para mantenerlo a distancia, alimentando su fe con la Eucaristía diaria.

El médico de todos

José se graduó brillantemente y era un médico prometedor: ya a los 30 años se hizo famoso por sus diagnósticos inmediatos y precisos, que son casi milagrosos considerando los escasos medios de la época. A quienes se lo reconocen les responde que es gracias a la oración, porque Dios es el creador de la vida, mientras que los médicos sólo pueden ser sus colaboradores indignos. Con esta conciencia va a trabajar todos los días, tanto al Hospital de los Incurables donde será nombrado médico jefe en 1925, como a su consulta privada donde todos son bienvenidos y donde no cobra a los pobres, sino que es èl quien les paga il tratamiento, y en las frecuentes visitas a domicilio donde aporta no sólo asistencia médica sino también consuelo espiritual. Se dice que una vez, después de curar a un trabajador de un absceso pulmonar que todos habían confundido con tisis, quiso pagarle con todos sus ahorros, pero José le pidió como pago ir a confesarse: «Porque es Dios quien te ha salvado».

La ciencia y la fe

Además de dedicarse al cuidado de los enfermos, José es también un excelente investigador que experimenta con nuevas técnicas y nuevos fármacos, como la insulina, que se utiliza en el tratamiento de la diabetes desde 1922. Era tan hábil en las autopsias que en 1925 se le confió la dirección del Instituto de Anatomía Patológica. No es raro verle hacer la señal de la cruz antes de operar un cadáver, por el respeto que se debe al cuerpo de una persona que fue amada por Dios. Para él, la ciencia y la fe no son dos mundos distantes, separados e irreconciliables, sino dos elementos que coexisten en su vida cotidiana, constituidos por una gran devoción a la Virgen María, la sobriedad y la pobreza personal en el seguimiento de San Francisco, y la elección del celibato para disponer de más tiempo para sus cada vez más numerosos pacientes.

La erupción del Vesubio y el cólera

Hay dos episodios importantes en la vida de Josè Moscati que nos hacen comprender mejor la grandeza de esta figura: el 8 de abril de 1906 el Vesubio comenzó a entrar en erupción. Josè comprende inmediatamente que debe irse inmediatamente a salvar a los enfermos y dirige a la Torre del Greco, donde el Hospital de los Incurables tiene una pequeña sucursal. Justamente después de que ha puesto a salvo al último paciente, la estructura se derrumba. En 1911 una epidemia de cólera se propagó en Nápoles y también esta vez José no sólo estuvo al lado de los enfermos sin temor al contagio, sino que también estuvo al frente de sus actividades de investigación que contribuirían mucho a contener la enfermedad.

Doctor y apóstol hasta el final

Todo el mundo va al estudio de José Moscati, incluso gente famosa como el tenor Enrico Caruso y el Beato Bartolo Longo. Prestó la misma atención y la misma escrupulosidad a todos, porque en cada rostro ve el rostro de Jesús sufriente. En la sala de espera hay una cesta que tiene una inscripcion muy inusual: «Quien puede pagar algo, lo ponga, y quien necesite algo, lo tome». El 12 de abril de 1927, mientras reposaba en su sillón – que luego se convirtió en una venerada reliquia-, murió de un ataque al corazón a la edad de 47 años. Fue canonizado por Juan Pablo II en 1987 al final del Sínodo de Obispos sobre la vocación y misión de los laicos en la Iglesia.

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