Feliz es quien se anima a elegir el ser antes que el tener o dominar. Feliz es quien descubre que incluso el dolor y el sufrimiento, sin dejar de doler, pueden convertirse en lugar de una alegría más profunda, porque no tienen la última palabra. Dejarse desarmar por Dios no empobrece la vida: la vuelve verdadera.
La felicidad que Dios ofrece no es algo distinto de Él mismo. Es comunión con su vida. Y ese camino concreto está trazado por Jesús en las bienaventuranzas. Por eso esta felicidad puede convivir con la cruz: no se apoya en lo pasajero, sino en el amor fiel de Dios.
Al final, todo se resume en esta certeza que atraviesa los siglos y sigue siendo actual:
“Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti.”


