Jesús, que es la novedad de Dios, asume la condición humana hasta el fondo. Se presenta como penitente, se reviste de la fragilidad del pecador y se hace solidario, en silencio, de una humanidad herida. Desde la fila de los pecadores nos revela la verdadera forma del amor: un amor que no observa desde lejos, sino que se compromete desde dentro.
La solidaridad, entonces, no es una idea ni un gesto aislado. Es una manera de estar, de caminar con otros, de cargar juntos el peso de la historia. Como decía monseñor Romero, es acercarse a las angustias y esperanzas del pueblo, defender a los pobres y construir el Reino de Dios en el seno de una comunidad viva.
Ser solidarios es estar al lado del otro, luchar con el otro, trabajar juntos. No es beneficencia ni simple ayuda: es un mutuo dar y recibir, de persona a persona, de comunidad a comunidad, entre pueblos.


