Jesús no impone, no fuerza, no manipula. Su pedagogía es la del respeto y la libertad. Le recuerda solo los mandamientos que tocan el corazón de la vida: cuidar al otro, vivir la solidaridad y amar al prójimo.
Pero el joven busca algo más; presiente que el bien y la plenitud de la vida están profundamente unidos. Entonces Jesús lo lleva más allá de la simple observancia: no basta con dar lo que sobra, hay que entregar la vida entera. Le propone soltar la seguridad de las riquezas para abrazar la seguridad de Dios; dejar lo que ata para recibir lo que salva.
Sin embargo, el joven se marcha triste, porque el apego a sus bienes ha ahogado la semilla. A Jesús no se lo sigue con demasiado equipaje: un corazón pesado no puede caminar al ritmo del Reino.
También hoy vivimos aferrados a falsas seguridades: un amor reducido a pasión y consumo, un éxito medido por lo que poseemos, una identidad definida por el estatus social. Así, nos quedamos atrapados en una ilusión que termina en vacío y la tristeza.



