Francisco, tu herencia clama ser repartida.
Tu legado nos aprieta a ser una Iglesia llena de signos vivos, no una Iglesia que se queda en la periferia de la fe, entretenida en acariciarse y mirarse a sí misma.
Nos llamás a ir a las periferias de la vida, allí donde duele la historia, para llevar luz y cercanía concreta a tantos hombres y mujeres que necesitan la presencia viva de Jesucristo, no el catálogo prolijo de un museo.

