SANTOS SIETE FUNDADORES DE LA ORDEN DE LOS SIERVOS DE MARÍA

Retiro de la ciudad

Siglo XIII, Florencia. Siete mercaderes, miembros de una compañía laica de fieles devotos de la Bienaventurada Virgen, (la “Compañía de los Siervos de Santa María” o “Laudesi”) deciden retirarse en penitencia, contemplación, y en el servicio a María. Una elección ciertamente influenciada por dos grandes órdenes mendicantes de la época, franciscanos y dominicos, así como por la experiencia de los monjes Camaldulenses, Valumbrosanos y Cluniacenses, ya presentes en esas tierras, y por grupos de penitencia, como los de San Agustín y del Monte Carmelo, o el de los hermanos y hermanas laicos de la Penitencia. Eran Bonfiglio, líder del grupo laico y prior de la futura comunidad, Bonagiunta, futuro prior entre 1256 y 1257, Manetto, artífice de las primeras fundaciones en Francia, Amadio, alma del grupo, Sostegno y Uguccione, amigos entre sí, y finalmente, Alessio.
En torno al 1233 los siete abandonan sus actividades comerciales, dejan sus propias casas y distribuyen los bienes a los pobres, mientras Florencia se estremece cada vez más por las guerras fratricidas.

Túnicas y capas grises

Es el 8 de septiembre de 1233 cuando los siete comienzan a hacer vida común en Villa Camarzia, en las afueras de la ciudad: Iacopo da Poggibonsi, capellán de Laudesi y director espiritual, les impone a cada uno el vestido de los “Hermanos de la Penitencia”, una capa y una túnica de lana rústica de color gris. La jornada de la pequeña comunidad se lleva a cabo entre la oración, el trabajo y la mendicidad en las calles de la ciudad. Su vida es retraída, austera y solitaria, pero muchas personas turbadas y angustiadas acuden a ellos, recibiendo siempre consuelo y consejo; sobre todo a la mayoría sorprende el hecho de que, como comerciantes ricos que eran, los siete se hubiesen reducido voluntariamente a la pobreza. Esto anima el difundirse de su fama de santidad y muchas personas comienzan a pedir formar parte de su familia.

Nacimiento de la orden

Precisamente las insistentes y numerosas solicitudes los llevan a comenzar una Orden expresamente dedicada a la Virgen, de la cual se dicen Servidores: la Orden de los Siervos de María. En 1234, el obispo Ardingo Foraboschi les dona un terreno en la cima del Monte Senario, a unos 18 km de Florencia. Las celdas son inicialmente simples chozas separadas entre sí; sobre las ruinas de un antiguo castillo, surge pronto una pequeña iglesia dedicada a la Virgen y en 1239, después de la visita del Legado Pontificio, el Cardenal Goffredo Castiglioni (futuro Papa Celestino IV) les asigna la Regla de San Agustín.

A menudo, tras largas salidas para la limosna, se detienen en Florencia en el oratorio de Santa María di Cafaggio, cuyo hospicio contiguo pronto expanden, comenzando a recibir a quienes les piden ser parte de la comunidad.

Tantas vocaciones

Pronto los siete reciben el permiso para abrir otros conventos, incluso fuera de Toscana, porque las vocaciones llegan numerosas. La Orden, sin embargo, corre el riesgo de ser abolida cuando el Consejo de Lyon, en 1247, decreta suprimir las Órdenes Mendicantes. Pero Filippo Benizi, acogido a los veintiún años en la orden y futuro prior general, nuevamente obtiene el reconocimiento pontificio. La aprobación definitiva llega en 1304 por obra de Benedetto XI.
Sólo Alessio Falconieri, el último superviviente de los siete, puede regocijarse. Morirá el 17 de febrero de 1310, a casi 110 años de edad. Su sobrina, Juliana Falconieri, también santa, será la fundadora de las religiosas y monjas de la Orden de los Servitas de María.
En 1888, León XIII canonizó juntos a los siete padres. En Monte Senario, un único sepulcro recoge sus restos. Entre los Servidos de los últimos años, recordamos al padre David María Turoldo, un conocido predicador y poeta.

MENSAJES DEL PAPA LEÓN


@Pontifex_es

11/1: En Ucrania, nuevos ataques, particularmente graves, dirigidos sobre todo contra infraestructuras energéticas, precisamente cuando el frío se vuelve más intenso, golpean duramente a la población civil. Rezo por quienes sufren y renuevo el llamamiento a cesar las violencias y a intensificar los esfuerzos para llegar a la paz.

11/1: Mi pensamiento se dirige a lo que está sucediendo en estos días en Oriente Medio, en particular en Irán y en Siria, donde tensiones persistentes están provocando la muerte de muchas personas. Espero y rezo para que se cultiven con paciencia el diálogo y la paz, buscando el bien común de toda la sociedad.

11/1: En su santidad el Señor se hace bautizar como todos los pecadores, para revelar la infinita misericordia de Dios. Viene, en efecto, para salvar y no para condenar. Carga sobre sí lo que es nuestro, incluido el pecado, y nos da lo que es suyo, es decir, la gracia de una vida nueva y eterna.

11/1: Dios no mira el mundo desde lejos, al margen de nuestra vida, de nuestras aflicciones y de nuestras esperanzas. Él viene entre nosotros con la sabiduría de su Verbo hecho carne, haciéndonos parte de un sorprendente proyecto de amor para toda la humanidad.

11/1: Como luz en las tinieblas, el Señor se deja encontrar allí donde no lo esperamos: es el Santo entre los pecadores, que quiere habitar en medio de nosotros sin mantener distancias, sino asumiendo plenamente todo lo que es humano.

REFLEXIÓN DE LA PALABRA DE ESTE FIN DE SEMANA

REFLEXIONES VARIAS

Obispo Jorge García Cuerva – 4 de enero de 2026

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