Los padres de la Iglesia y el nuevo catecismo nos enseñan el verdadero seguimiento de Jesús inspirados en el evangelio de este domingo.

«Esto que nos ha mandado el Señor: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”, parece duro y penoso. Pero no es ni duro ni penoso, porque el que lo manda es el mismo que nos ayuda a realizar lo que nos manda. Porque si es verdad la palabra del salmo “según tus mandatos yo me he mantenido en la senda establecida” (Sal 16, 4), también es una palabra verdadera la que ha dicho Jesús: “Mi yugo es llevadero y mi carga ligera” (Mt 11, 30). Porque todo lo que es duro en el mandato, el amor hace que se convierta en suave. Sabemos bien de qué prodigios es capaz el amor. A veces el amor es de mal gusto y disoluto; pero, ¡cuántas dificultades soportan los hombres, cuántos tratos indignos e insoportables sufren para llegar a lo que aman!». San Agustín

«Debemos, pues, seguir al Señor, tomando la cruz de su pasión si no en la realidad, al menos con la voluntad». San Hilario

Que nadie dude, si es cristiano, que incluso ahora los muertos resucitarán. Ciertamente que todo persona tiene ojos a través de los cuales puede ver muertos que resucitan de la misma manera que resucitó el hijo de esta viuda de la que se habla en el evangelio. Pero no todos pueden ver resucitar a los hombres que están espiritualmente muertos; para ello es preciso estar ya interiormente resucitado. Es mucho más importante resucitar a alguno que ha de vivir para siempre que resucitar a alguien que debe morir de nuevo. San Agustín

Todo lo debemos sufrir por Él y de Él debemos aprender sus virtudes. Porque el seguir a Cristo consiste en ser celoso por la virtud y sufrirlo todo por Él». San Juan Crisóstomo

CATECISMO DE LA IGLESIA

“Tú eres el Mesías de Dios”
436: Cristo viene de la traducción griega del término hebreo “Mesías” que quiere decir “ungido”. No pasa a ser nombre propio de Jesús sino porque Él cumple perfectamente la misión divina que esa palabra significa. En efecto, en Israel eran ungidos en el nombre de Dios los que le eran consagrados para una misión que habían recibido de Él. Éste era el caso de los reyes, de los sacerdotes y, excepcionalmente, de los profetas. Éste debía ser por excelencia el caso del Mesías que Dios enviaría para instaurar definitivamente su Reino. El Mesías debía ser ungido por el Espíritu del Señor a la vez como rey y sacerdote, pero también como profeta. Jesús cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de sacerdote, profeta y rey.

Llamados a asociarnos a la Cruz de Cristo
618: La Cruz es el único sacrificio de Cristo «único mediador entre Dios y los hombres» (1 Tim 2, 5). Pero, porque en su Persona divina encarnada «se ha unido en cierto modo con todo hombre», Él «ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de Dios sólo conocida, se asocien a este misterio pascual». Él llama a sus discípulos a «tomar su cruz y a seguirle» (Mt 16, 24) porque Él «sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas» (1 Pe 2, 21). Él quiere, en efecto, asociar a su sacrificio redentor a aquellos mismos que son sus primeros beneficiarios. Eso lo realiza en forma excelsa en su Madre, asociada más íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento redentor: Fuera de la Cruz no hay otra escala por donde subir al Cielo (Sta. Rosa de Lima).

Saber asumir la cruz de la enfermedad
1502: El hombre del Antiguo Testamento vive la enfermedad de cara a Dios. Ante Dios se lamenta por su enfermedad y de Él, que es el Señor de la vida y de la muerte, implora la curación (ver Sal 6, 3; Is 38). La enfermedad se convierte en camino de conversión (ver Sal38, 5; 39, 9.12) y el perdón de Dios inaugura la curación (ver Sal 32, 5; 107, 20; Mc 2, 5-12). Israel experimenta que la enfermedad, de una manera misteriosa, se vincula al pecado y al mal; y que la fidelidad a Dios, según su Ley, devuelve la vida: «Yo, el Señor, soy el que te sana» (Éx 15, 26). El profeta entrevé que el sufrimiento puede tener también un sentido redentor por los pecados de los demás (ver Is 53, 11). Finalmente, Isaías anuncia que Dios hará venir un tiempo para Sión en que perdonará toda falta y curará toda enfermedad (verIs 33, 24).

1505: Conmovido por tantos sufrimientos, Cristo no sólo se deja tocar por los enfermos, sino que hace suyas sus miserias: «Él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades» (Mt 8, 17). No curó a todos los enfermos. Sus curaciones eran signos de la venida del Reino de Dios. Anunciaban una curación más radical: la victoria sobre el pecado y la muerte por su Pascua. En la Cruz, Cristo tomó sobre sí todo el peso del mal y quitó el «pecado del mundo» (Jn 1, 29), del que la enfermedad no es sino una consecuencia. Por su pasión y su muerte en la Cruz, Cristo dio un sentido nuevo al sufrimiento: desde entonces éste nos configura con Él y nos une a su pasión redentora.

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