ORANDO CON LA PALABRA

También nosotros podemos preguntarle a Jesús qué nos falta. Tal vez cumplimos, rezamos y participamos de la vida de la Iglesia, pero seguimos aferrados al dinero, al poder, al prestigio, a la comodidad o a la necesidad de controlar todo. No basta con ser personas correctas: el Evangelio nos llama a ser libres para amar.

Vivimos en una sociedad que mide el valor de las personas por lo que poseen, producen o muestran. Nos convencen de que acumular es progresar y que consumir es vivir. Sin embargo, cuanto más queremos asegurar la vida, más miedo tenemos de perderla. Y mientras algunos acumulan lo que nunca podrán usar, muchos carecen de lo necesario para vivir.

Jesús no condena la riqueza por sí misma; denuncia el corazón que se cierra y los bienes que no se comparten. No puede llamarse discípulo quien permanece indiferente ante el hambre, la falta de trabajo o la necesidad del hermano. La fe que no toca el bolsillo corre el peligro de no haber tocado todavía el corazón.

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La vida humana es un don sagrado que merece ser acogido, protegido y cuidado en todas sus etapas. Sin embargo, en muchas partes del mundo persisten situaciones de indiferencia, exclusión y violencia que amenazan la dignidad de las personas, especialmente de las que se encuentran en situación de vulnerabilidad. Cuando se debilita el respeto por la vida, crece también la cultura del descarte, dejando a muchos sin la atención, el acompañamiento y el reconocimiento que necesitan.