Jesús cambia radicalmente la lógica de la venganza. Lámec hablaba de vengarse «setenta y siete veces». Jesús toma esa misma expresión y la da vuelta: donde el hombre multiplica la venganza, Dios multiplica el perdón.
Muchas veces queremos misericordia infinita para nosotros y justicia implacable para los demás. Queremos que Dios comprenda nuestra historia y nuestras heridas, pero al otro lo juzgamos solamente por su error.
Por eso Jesús cambia la pregunta: no cuánto merece el otro nuestro perdón, sino cuánto hemos sido perdonados nosotros. Solo quien se sabe perdonado aprende a perdonar.
Perdonar no es negar el daño ni justificarlo. Hay heridas que necesitan tiempo, distancia, justicia y sanación. Aceptar no es justificar. Perdonar es impedir que la herida tenga la última palabra.
Porque el perdón no cambia el pasado, pero puede liberarnos de seguir viviendo prisioneros de él.




