La misericordia de Dios no espera sentado que el perdido encuentre el camino; sale a buscarlo. No ama al pecador después de que cambia. Lo ama para que pueda cambiar. Su misericordia no justifica el pecado, pero tampoco abandona al pecador.
Esta es también una palabra fuerte para la Iglesia. Una comunidad cristiana no puede convertirse en un lugar donde algunos se sienten importantes y otros apenas tolerados. No podemos hablar de misericordia mientras clasificamos personas entre dignas e indignas, cercanas y lejanas, aceptables y descartables.
Una Iglesia de Jesús no pregunta quién merece quedarse; sale a buscar al que se perdió. No pone en el centro al poderoso, sino al pequeño. No descarta al herido: lo carga sobre sus hombros.




