ORANDO CON LA PALABRA

La misericordia de Dios no espera sentado que el perdido encuentre el camino; sale a buscarlo. No ama al pecador después de que cambia. Lo ama para que pueda cambiar. Su misericordia no justifica el pecado, pero tampoco abandona al pecador.

Esta es también una palabra fuerte para la Iglesia. Una comunidad cristiana no puede convertirse en un lugar donde algunos se sienten importantes y otros apenas tolerados. No podemos hablar de misericordia mientras clasificamos personas entre dignas e indignas, cercanas y lejanas, aceptables y descartables.

Una Iglesia de Jesús no pregunta quién merece quedarse; sale a buscar al que se perdió. No pone en el centro al poderoso, sino al pequeño. No descarta al herido: lo carga sobre sus hombros.

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La vida humana es un don sagrado que merece ser acogido, protegido y cuidado en todas sus etapas. Sin embargo, en muchas partes del mundo persisten situaciones de indiferencia, exclusión y violencia que amenazan la dignidad de las personas, especialmente de las que se encuentran en situación de vulnerabilidad. Cuando se debilita el respeto por la vida, crece también la cultura del descarte, dejando a muchos sin la atención, el acompañamiento y el reconocimiento que necesitan.