La fe no obliga a Dios a cumplir nuestros proyectos ni convierte la oración en una fórmula mágica. Creer es confiar en que Dios sigue obrando incluso cuando las cosas no suceden como esperábamos.
Y esa fe nunca nos deja indiferentes frente al sufrimiento. El padre lleva hasta Jesús el dolor de su hijo. También nosotros estamos llamados a acercarle las heridas de nuestro tiempo: los pobres olvidados, las familias quebradas, los jóvenes atrapados por la droga y la violencia, los enfermos, los que han perdido el trabajo y quienes ya no encuentran razones para esperar.
Jesús nos recuerda: «Sin mí no pueden hacer nada». Pero unidos a Él tampoco podemos quedarnos de brazos cruzados. La fe verdadera se hace cercanía, servicio, compromiso y esperanza.



