La verdadera pureza nace de un corazón convertido. Cuando el corazón cambia, también cambian las palabras, las decisiones, los vínculos y el modo de mirar a los demás. La conversión no comienza en las manos, sino en el interior. Allí se libra la batalla más importante entre el egoísmo y el amor, entre la verdad y la mentira, entre el orgullo y la humildad.
El Evangelio nos invita a pasar de una religión de las apariencias a una espiritualidad de la autenticidad; de ser simples cumplidores de normas a verdaderos discípulos; de una fe que tranquiliza la conciencia a una fe que convierte el corazón. Porque solo un corazón transformado por Cristo puede transformar también el mundo.


