¿Dónde está puesta nuestra seguridad? Con demasiada frecuencia confiamos más en nuestras capacidades, estrategias y recursos que en la fuerza del Señor. Otras veces esperamos que Dios elimine milagrosamente todas las dificultades, cuando en realidad nos ofrece un don mucho más grande: su presencia. La fe no nos ahorra la tormenta; nos da la certeza de que Cristo la atraviesa con nosotros.
También nosotros estamos llamados a salir de la aparente seguridad de nuestra barca. Seguir a Jesús exige dejar atrás las falsas seguridades, arriesgarse, confiar y avanzar incluso cuando el viento sopla en contra. El mayor peligro no son las olas, sino un corazón que deja de mirar a Cristo para apoyarse únicamente en sí mismo. Quien se aferra solo a sus propias fuerzas termina hundiéndose; quien extiende la mano hacia Jesús descubre que su gracia es más fuerte que cualquier tempestad. Con la mirada fija en Él, ninguna tormenta tendrá jamás la última palabra.


