Jesús sigue partiéndose y entregándose por nosotros en la Eucaristía para hacernos un solo cuerpo. Pero quien recibe el Pan de Vida no puede ser indiferente al hermano que tiene hambre. Una Eucaristía que no se hace caridad termina vaciándose de su verdad. El Pan que recibimos en el altar nos llama a partir nuestra propia vida por los demás.
El Evangelio también nos enseña a mirar el mundo con los ojos de Jesús. Él no vio una multitud molesta, sino un pueblo con hambre; no vio un problema, sino personas concretas que necesitaban pan, esperanza y dignidad. Esa debe ser también la mirada de la Iglesia.
Donde haya un pobre, un enfermo, un anciano olvidado, un joven sin futuro, una familia herida o alguien que haya perdido las ganas de vivir, allí tiene que estar un discípulo de Cristo llevando el pan de la cercanía, del consuelo y de la esperanza.


