La historia demuestra que la verdad suele incomodar. Molesta porque desenmascara nuestras incoherencias, cuestiona nuestros egoísmos y nos obliga a decidir entre la comodidad y la conversión. Por eso, con frecuencia, el mundo intenta silenciar a quienes viven con coherencia el Evangelio. No siempre los mata físicamente; muchas veces los ridiculiza, los desacredita o los margina. Pero la verdad nunca puede ser decapitada. La voz de un profeta puede ser silenciada, pero la Palabra de Dios sigue resonando en la historia.
ORANDO CON LA PALABRA


