La verdadera sabiduría no consiste en aferrarse al pasado por miedo al cambio ni en abrazar toda novedad por el simple hecho de ser nueva. El discípulo discierne todo a la luz del Evangelio, conserva lo que conduce a la vida y abandona aquello que aleja de Dios. La tradición sin conversión se convierte en rutina; la novedad sin Evangelio termina siendo una ilusión.
El juicio de Dios no comienza solo al final de los tiempos; comienza hoy, cada vez que el Evangelio ilumina nuestra conciencia y nos pide una respuesta. La gran pregunta no es cuándo llegará el Señor, sino cómo quiere encontrarnos: con las manos llenas de excusas o llenas de obras de amor.


